¿Jerarquía del Dolor? ¿Por Qué las Vidas en Sudán Parecen Valer Menos?
De Mariano Merino
Comisionado de Investigaciones

Desde abril de 2023, Sudán se ha desangrado en una guerra civil de una magnitud y brutalidad que desafían la capacidad de la comunidad internacional para comprenderla y, sobre todo, para actuar (International IDEA, 2023). El enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF), bajo el mando del general Abdel Fattah al-Burhan, y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), lideradas por el general Mohamed Hamdan Dagalo, alias "Hemedti", ha sumido al país en un abismo de sufrimiento humano (EUAA, 2025). A pesar de ser, según múltiples agencias internacionales, una de las peores crisis del mundo, permanece en gran medida en la periferia de la atención global, una catástrofe, puede decirse, convenientemente ignorada (CFR, 2025).
La dimensión de esta tragedia es sobrecogedora. La guerra ha provocado "la peor crisis de desplazamiento del mundo", con más de doce millones de personas arrancadas de sus hogares, de las cuales 8.8 millones son desplazados internos (OCHA, 2025; ACLED, 2024). La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU estima que más de 30.4 millones de personas, más de la mitad de la población total, necesitan ayuda humanitaria para sobrevivir (OCHA, 2025). La hambruna, utilizada como arma de guerra, es una realidad confirmada en varias regiones y amenaza con convertirse en la “crisis de hambre más grande del mundo” (World Peace Foundation, 2023). Las cifras de muertos, aunque difíciles de verificar, se estiman en cientos de miles; un cálculo conservador que se desvanece ante estimaciones que sugieren que más del 90% de las muertes no han sido registradas oficialmente (EUAA, 2025).
Sin embargo, en este artículo se evidenciará que el conflicto en Sudán no es únicamente una tragedia humanitaria, también es el síntoma más elocuente de un sistema internacional de protección de derechos humanos fallido, selectivo y profundamente jerárquico (UNHRC, 2024). La respuesta global a esta catástrofe demuestra que el valor de una vida humana no es universal, en cambio, que está condicionado por la visibilidad mediática, los intereses geopolíticos de las potencias mundiales y la rentabilidad estratégica de la indignación. En este orden mundial, las vidas sudanesas, al parecer, valen menos (Solo Fonseca, 2024). Para entender esta selectividad y la indiferencia que la acompaña, es crucial analizar las raíces históricas y políticas de un conflicto que no comenzó en 2023, fue sembrado durante décadas de impunidad (HRW, 2024).
Contexto Histórico y Político
La violencia que hoy devasta Sudán no es un evento espontáneo ni una simple lucha de poder entre dos generales, en realidad, históricamente, es el fin más predecible después de décadas de gobierno autoritario, la instrumentalización de milicias étnicas como política de Estado y una cultura de impunidad que ha permitido que los peores crímenes queden sin castigo (International IDEA, 2023). Comprender el pasado reciente del país es fundamental para descifrar la lógica de la brutalidad actual.
El arquitecto principal de esta estructura de violencia fue el dictador Omar al-Bashir, quien gobernó Sudán con puño de hierro durante treinta años (1989-2019). Su régimen utilizó la violencia como pilar de su política interna, profundizando divisiones étnicas y regionales para sostenerse en el poder (EUAA, 2025). Además, fragmentó deliberadamente las fuerzas de seguridad mediante una estrategia de “divide y vencer”, asegurando su supervivencia política a corto plazo, pero dejando al Estado estructuralmente vulnerable a largo plazo (World Peace Foundation, 2023).
El genocidio de Darfur (2003-2005) es el antecedente directo de las atrocidades actuales. Para reprimir a comunidades Fur, Masalit y Zaghawa, el régimen armó a milicias árabes nómadas conocidas como Janjaweed, responsables de asesinatos masivos, violaciones sistemáticas y limpieza étnica (HRW, 2024). Por estos crímenes, la Corte Penal Internacional emitió órdenes de arresto contra al-Bashir por crímenes de lesa humanidad y genocidio, pero la falta de voluntad internacional para ejecutarlas consolidó una impunidad estructural (UNHRC, 2024). Esta impunidad no solo permitió, sino que normalizó la repetición de las atrocidades. En lugar de desmantelar a los Janjaweed, al-Bashir los institucionalizó en 2013 como las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) y colocó al mando a Mohamed Hamdan Dagalo, “Hemedti” (EUAA, 2025). Las RSF fueron diseñadas como fuerza paralela al ejército, una guardia pretoriana al servicio del régimen. Esta dualidad militar, creada para proteger al dictador, se convirtió en una bomba de tiempo que estallaría durante la transición política posterior (International IDEA, 2023).
La caída de Omar al-Bashir en abril de 2019, impulsada tras largos meses de protestas populares masivas, abrió una ventana de oportunidad histórica para Sudán. No obstante, esta esperanza de transición fue secuestrada por las mismas élites militares que habían sostenido y, finalmente, depuesto al régimen anterior, revelando una rivalidad estructural por el control del Estado que haría imposible cualquier avance democrático genuino (International IDEA, 2023).
Tras la destitución de al-Bashir, se estableció un gobierno de transición cívico-militar, un arreglo inherentemente frágil. En la cúpula del poder se situaron los dos hombres más influyentes del aparato de seguridad: Abdel Fattah al-Burhan (SAF) y Mohamed Hamdan Dagalo, “Hemedti” (RSF). Mientras los actores civiles buscaban construir instituciones democráticas, ambos generales consolidaban su poder y competían por el control de vastos recursos económicos del Estado (EUAA, 2025). El punto de “quiebre” se produjo el 25 de octubre de 2021, cuando al-Burhan y Hemedti ejecutaron conjuntamente un golpe de Estado que disolvió el gobierno de transición. Esta alianza no fue estratégica, en realidad fue temporal, el gobierno civil amenazaba los dos imperios económicos paralelos que ambos comandaban (el aparato empresarial militar en manos de las SAF y el imperio del oro y redes comerciales controlado por Hemedti) (World Peace Foundation, 2023).
A pesar de ello, esta alianza estaba condenada ya que sus intereses eran, a final de cuentas, un juego de suma cero. El detonante final fue el desacuerdo sobre la integración de las RSF al ejército regular, establecida en el Acuerdo Marco Político de diciembre de 2022, lo que implicaba definir quién detentaría el monopolio de la fuerza (EUAA, 2025). El debate sobre plazos y cadena de mando para integrar a los aproximadamente 100,000 combatientes de las RSF resultó insalvable. La disputa estalló finalmente en un enfrentamiento armado el 15 de abril de 2023, con consecuencias devastadoras para una población civil atrapada entre ambas facciones (CFR, 2025).
Desencadenamiento y desarrollo de la Guerra (desde abril de 2023)
El conflicto que se desató en abril de 2023, como se podrá evidenciar, no fue una serie de eventos aislados, fue una guerra total que ha engullido los principales centros urbanos y regiones del país. Se caracteriza por tácticas brutales, un desprecio absoluto por la vida civil y la destrucción sistemática de la infraestructura crítica, transformando barrios residenciales, mercados y hospitales en campos de batalla (EUAA Security Situation, 2025).
Los principales frentes y dinámicas del conflicto ilustran su alcance devastador:
Jartum: La capital se convirtió en el epicentro inicial de la guerra, con combates urbanos de una ferocidad sin precedentes. El uso de artillería pesada y ataques aéreos de las SAF en zonas densamente pobladas, enfrentados a las tácticas de guerrilla urbana de las RSF, ha reducido a escombros gran parte de la ciudad. Infraestructuras vitales como puentes, hospitales y plantas de tratamiento de agua han sido sistemáticamente atacadas (World Peace Foundation, 2023).
Darfur: La región ha sido escenario de una nueva ola de violencia con una clara dimensión étnica. Las RSF tomaron rápidamente el control de cuatro de los cinco estados de Darfur. Para finales de 2025, después de un prolongado asedio, las RSF capturaron El Fasher, último bastión de las SAF en Darfur, desatando atrocidades masivas contra comunidades no árabes (HRW, 2024; UNHRC, 2024).
Kordofán y Al Jazirah: La guerra se expandió hacia el sur y el este de Jartum, engullendo regiones que constituyen el granero de Sudán. Las RSF lograron avances significativos, tomando Wad Madani y extendiendo su control territorial. Esta expansión paralizó la producción agrícola y agravó la crisis alimentaria (OCHA, 2025).
Las tácticas militares empleadas por ambos bandos han maximizado el sufrimiento civil. Las SAF han dependido de su superioridad aérea y del uso de drones suministrados externamente para realizar bombardeos en áreas urbanas, mientras que las RSF, equipadas con drones y armamento proporcionado por aliados regionales, han demostrado gran movilidad en la toma de ciudades y el establecimiento de checkpoints que impiden el acceso de ayuda humanitaria (EUAA Security Situation, 2025). Este modus operandi ha provocado desplazamientos masivos que conforman la mayor crisis de desplazamiento interno del mundo, acompañada de crímenes internacionales sistemáticos y deliberados (OCHA, 2025; HRW, 2024).
Crímenes internacionales y violaciones al Derecho Internacional Humanitario
La brutalidad del conflicto en Sudán no es un subproducto desafortunado de la guerra, en realidad es, una estrategia deliberada empleada por ambos bandos para aterrorizar a la población civil y consolidar el control territorial. Los informes de organizaciones como Human Rights Watch y la Misión de Investigación del Consejo de Derechos Humanos de la ONU documentan un patrón de atrocidades que pueden constituir crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad (HRW, 2024; UNHRC, 2024).
Ambos bandos son responsables de ataques indiscriminados contra civiles, ejecuciones extrajudiciales, tortura y detenciones arbitrarias. Sin embargo, los informes señalan una responsabilidad desproporcionada de las RSF y sus milicias aliadas en el uso de la violencia sexual como arma de guerra, documentándose violaciones, violaciones colectivas y esclavitud sexual como métodos para humillar y destruir comunidades consideradas enemigas (UNHRC, 2024). Es en Darfur donde la violencia ha adquirido un carácter inequívoco de limpieza étnica, replicando los horrores del genocidio de los años 2000. Los hallazgos indican ataques sistemáticos de las RSF y milicias árabes aliadas contra comunidades no árabes, especialmente el pueblo Masalit en El Geneina, mediante asesinatos masivos, persecución racial y desplazamiento forzado (HRW, 2024). Testimonios recogidos por la ONU documentan insultos raciales, proclamaciones de que la tierra ahora sería “Dar Arab”, y declaraciones explícitas de intención genocida como: “este año, todas las niñas deben quedar embarazadas por los Janjaweed” (UNHRC, 2024).
La repetición de estas atrocidades evidencia el fracaso estructural de la comunidad internacional para garantizar la rendición de cuentas. La Corte Penal Internacional ha confirmado que investiga los crímenes recientes en Darfur, pero enfrenta las mismas barreras políticas que permitieron la impunidad tras el genocidio anterior (International IDEA, 2023). Esta continuidad sugiere que la violencia persiste no por ausencia de ley, sugiere en cambio, presencia de intereses: económicos, geopolíticos y estratégicos que sostienen y permiten la maquinaria de la guerra.
Economía política de la guerra y actores externos
En su núcleo, la guerra en Sudán es un conflicto por el control de los recursos y el poder económico del Estado, sostenido y exacerbado por una compleja red de actores externos que persiguen sus propios intereses geopolíticos y comerciales. Esta internacionalización del conflicto es un factor clave en su prolongación, en la brutalidad de sus tácticas y en la parálisis casi total de la respuesta internacional (International IDEA, 2023; World Peace Foundation, 2023).
El oro se ha convertido en el principal motor económico de la guerra, especialmente para las RSF. Hemedti ha construido un vasto imperio comercial basado en el control de numerosas minas de oro, lo que permite a las RSF financiar salarios, comprar armamento avanzado y asegurar lealtades militares (Council on Foreign Relations, 2025). Asimismo, redes vinculadas al Grupo Wagner (ahora Africa Corps) han proporcionado apoyo logístico y militar a cambio de acceso privilegiado a estos recursos, consolidando la presencia rusa en la economía de guerra sudanesa (World Peace Foundation, 2023).
La implicación de actores estatales es aún más decisiva y compleja:
Emiratos Árabes Unidos (EAU): Diversas investigaciones documentan que los EAU son el principal respaldo militar de las RSF, suministrando drones, armas y apoyo logístico a través de corredores regionales, pese a sus negaciones oficiales (EUAA, 2025; HRW, 2024).
Egipto: Ha apoyado históricamente a las SAF como garantes de estabilidad en su frontera sur, aunque su capacidad de incidencia se ha visto limitada en el conflicto actual (International IDEA, 2023).
Arabia Saudita: Ha intentado posicionarse como mediador, particularmente a través de las negociaciones de Yeda, pero mantiene una inclinación estratégica hacia las SAF, situándola en tensión directa con los intereses de los EAU (Council on Foreign Relations, 2025).
Irán y Rusia: Irán ha suministrado drones y asistencia técnica a las SAF, buscando recuperar influencia en el Mar Rojo, mientras que Rusia continúa respaldando a las RSF mediante el intercambio de oro por asistencia militar (World Peace Foundation, 2023; EUAA, 2025).
Esta red de intereses cruzados genera un entorno de parálisis diplomática que permite que las armas y el financiamiento sigan fluyendo. La participación de estas potencias, algunas de las cuales son actores influyentes en el Consejo de Seguridad de la ONU y en organismos regionales, no solo dificulta cualquier proceso de mediación significativo, también constituye la causa directa y previsible de la inacción de los organismos multilaterales frente a la crisis (UNHRC, 2024).
Crítica al Sistema Internacional: Vidas Visibles vs. Vidas Invisibles
El caso de Sudán es la prueba más contundente y dolorosa de la selectividad que rige el sistema internacional de seguridad y derechos humanos. La magnitud de la catástrofe confrontada con la tibia respuesta global revela una verdad estructural, la indignación y la acción internacionales no se miden por principios humanitarios universales, sino por cálculos geopolíticos y por la proximidad de una crisis a los centros de poder global (International IDEA, 2023).
El Consejo de Seguridad de la ONU ha demostrado una parálisis casi absoluta. Su incapacidad para hacer cumplir el embargo de armas existente sobre Darfur (y mucho menos para expandirlo a todo el país) no es un simple fallo técnico, es el resultado de los intereses cruzados de estados que alimentan el conflicto, como los Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Rusia (UNHRC, 2024; EUAA, 2025). A esto se suma la retirada de las misiones de paz UNAMID y UNITAMS, lo que dejó un vacío crítico de protección justo antes de que estallara la guerra, facilitando la expansión de la violencia contra civiles (UNHRC, 2024). Por su parte, organismos regionales como la Unión Africana (UA) y la IGAD han sido incapaces de imponer un alto al fuego efectivo debido a divisiones internas y limitaciones estructurales (International IDEA, 2023). Esta inacción se explica a través de mecanismos que regulan qué conflictos importan y cuáles son relegados. El sistema internacional diferencia entre la “securitización” y la “humanitarianización” de las crisis; conflictos como el de Ucrania son securitizados, se presentan como amenazas estratégicas que requieren sanciones, cumbres diplomáticas y apoyo militar. En contraste, la crisis de Sudán ha sido humanitarianizada, reducida a un pedido de ayuda caritativa sin implicaciones políticas, lo que la relega a un segundo plano mediático y diplomático (World Peace Foundation, 2023).
Esta jerarquía funcional se correlaciona con la proximidad geopolítica a los centros de poder. La “jerarquía del dolor” se define por la cercanía de un conflicto —geográfica, cultural o económica— a Europa y Norteamérica. La ausencia de impactos directos en mercados energéticos, rutas estratégicas o seguridad continental condena a millones de sudaneses a una muerte en silencio, invisibilizada en la agenda global (OCHA, 2025). Esto no es una excepción: es el reflejo de cómo el sistema fue diseñado.
Final: Necesidad de exigir responsabilidad
La tragedia de Sudán no es meramente el resultado de una lucha de poder interna, es, fundamentalmente, la consecuencia de un fracaso moral y estructural de un orden internacional que, bajo un discurso de universalidad, opera con una jerarquía cínica que valora unas vidas más que otras (International IDEA, 2023). El silencio que rodea la mayor crisis de desplazamiento y una de las peores hambrunas del siglo XXI no es una casualidad; es el producto de una indiferencia, sostenida por intereses estratégicos y económicos que han sustituido los principios humanitarios que el sistema internacional asegura defender (OCHA, 2025).
Frente a esta catástrofe, la comunidad global —y en particular las potencias que alimentan el conflicto— debe ir más allá de las declaraciones simbólicas. Es imperativo adoptar medidas concretas, por ejemplo, un embargo de armas efectivo y vinculante para todo el territorio de Sudán, no solo para Darfur; sanciones directas no solo contra los líderes militares responsables, también contra sus patrocinadores externos; y un apoyo político y financiero real a los mecanismos de justicia, especialmente a la Corte Penal Internacional, para que la impunidad que ha envenenado a Sudán durante décadas finalmente llegue a su fin (UNHRC, 2024).
Es igualmente vital la necesidad de una memoria activa. Olvidar el genocidio de Darfur a principios de los 2000 (permitiendo que sus perpetradores se reposicionaran como actores de poder) sentó las bases para la repetición de la violencia con una crueldad aún mayor (HRW, 2024). Ignorar Sudán hoy no es una simple traición a su pueblo; en cambio, es una erosión directa de los cimientos del derecho internacional humanitario, que establece un precedente peligroso y deja un mensaje bastante claro, que los crímenes masivos pueden cometerse a plena luz del día, siempre que ocurran en el lugar “correcto” del mapa (World Peace Foundation, 2023).
Bibliografía
Civil war in Sudan. Global Conflict Tracker. Recuperado el 1 de noviembre de 2025, de https://www.cfr.org/global-conflict-tracker/conflict/power-struggle-sudan?utm_
Fonseca, S. [@SoloFonseca]. MASACRE EN SUDÁN: la peor tragedia humanitaria del SIGLO XXI - @SoloFonseca [[Object Object]]. Youtube. Recuperado el 29 de octubre de 2025, de https://www.youtube.com/watch?v=aPV3ddbtpE0
Gallopin, J.-B. (2024). “The Massalit Will Not Come Home”. Human Rights Watch.
January, 23. Sudan: Humanitarian needs and response plan 2025 - overview. Unocha.org. Recuperado el 8 de noviembre de 2025, de https://www.unocha.org/publications/report/sudan/sudan-humanitarian-needs-and-response-plan-2025-overview?utm_
Munzoul A. M. Assal, M. A. M. A. (2023). War in Sudan 15 April 2023: Background, Analysis and Scenarios. International Institute for Democracy and Electoral Assistance (International IDEA).
Sudan. (s/f). ACLED. Recuperado el 6 de noviembre de 2025, de
https://acleddata.com/country/sudan
Sudan’s new war and prospects for peace. (2023, abril 19). World Peace Foundation. https://worldpeacefoundation.org/blog/sudans-new-war-and-prospects-for-peace/?utm_
Europa.eu. Recuperado el 2 de noviembre de 2025, de https://euaa.europa.eu/sites/default/files/publications/2025-02/2025_02_EUAA_COI_Report_Sudan_Security_Situation.pdf?utm_
Europa.eu. Recuperado el 2 de noviembre de 2025, de https://euaa.europa.eu/sites/default/files/publications/2025-02/2025_02_EUAA_COI_Report_Sudan_Country_Focus.pdf?utm_
Ohchr.org. Recuperado el 1 de noviembre de 2025, de https://www.ohchr.org/en/hr-bodies/hrc/ffm-sudan/index?utm_
Aviso de responsabilidad